Número 93
María Pérez
“Es imposible educar sin exigir.”
Esta afirmación puede sonar contundente, pero encierra una gran verdad.
En el momento en que dejamos de exigir, estamos renunciando a una parte esencial de nuestra labor educativa. Exigir no significa ser rígidos o autoritarios; significa acompañar a nuestros hijos para que desarrollen hábitos, responsabilidades y valores que les ayuden a crecer.
Como padres, madres y educadores, tenéis un papel fundamental: sois sus principales referentes. Los niños aprenden mucho más de lo que ven que de lo que escuchan. Por eso, nuestras acciones cotidianas tienen un enorme poder educativo.
Con la llegada del verano aparece algo que durante el curso escasea: el tiempo. Sin embargo, a veces caemos en la tentación de llenarlo de actividades, planes y compromisos. Corremos de un lugar a otro intentando aprovechar cada minuto y, sin darnos cuenta, seguimos transmitiendo a nuestros hijos la misma velocidad y presión que les acompaña durante el curso escolar.
Quizá este verano podamos proponernos algo diferente: disfrutar de la calma. La calma nos permite conectar más con nuestros hijos, observarles, escucharles y acompañarles. Pero también nos brinda una oportunidad maravillosa para consolidar hábitos que durante el curso resultan más difíciles de trabajar. De hecho, Eduard Estivill propone en su libro "¡A jugar!", diferentes dinámicas lúdicas para ayudar a los niños a adquirir hábitos de forma natural y divertida.
Entre todos los hábitos que podemos fomentar, hoy me gustaría detenerme en uno especialmente importante: el orden. Cuando hablamos de orden no nos referimos únicamente a tener los juguetes recogidos o la habitación organizada. El orden también incluye la higiene personal, el cuidado de las propias pertenencias, el respeto por los espacios comunes y la capacidad de responsabilizarse de pequeñas tareas cotidianas. En definitiva, el orden ayuda a los niños a desarrollar autonomía, responsabilidad y seguridad.
Revisemos nuestro propio ejemplo
Es difícil que un niño aprenda a vivir de forma ordenada si el entorno en el que crece está permanentemente desorganizado. No necesitamos hogares perfectos, pero sí ambientes donde exista una cierta estructura y donde el orden sea un valor compartido.
Recordemos que la familia es un equipo
La casa es de todos y, por tanto, todos podemos colaborar en su cuidado. El verano es un momento ideal para asignar pequeñas responsabilidades adaptadas a la edad de cada hijo.
Por ejemplo, uno puede recoger los platos, otro llevar los vasos a la cocina y el más pequeño tirar las servilletas a la basura. Lo importante no es la tarea en sí, sino el mensaje que transmite: todos somos necesarios.
Entendamos que el orden es un medio, no un fin
No educamos para tener una casa perfecta, sino para ayudar a nuestros hijos a desarrollar hábitos que les permitan desenvolverse mejor en la vida. Por eso, el orden debe ir siempre acompañado de flexibilidad. Como señala Pablo Garrido Gil en "Educar en el orden", no se puede vivir para el orden; debemos comprender su sentido y su finalidad.
Motivemos más de lo que corregimos.
Recoger nunca suele ser la actividad favorita de un niño. Sin embargo, nuestra actitud puede marcar una gran diferencia. Muchas veces aparece la tentación de hacerlo todo nosotros porque tardamos menos o porque pensamos que lo haremos mejor. Pero los niños están aprendiendo.
Necesitan tiempo, paciencia y oportunidades para practicar. Nuestro objetivo no debería ser que recojan porque se lo ordenamos, sino ayudarles a descubrir el valor que tiene cuidar de sus cosas y colaborar en casa. En otras palabras, debemos ayudarles a querer ser ordenados.
Educar poco a poco
La educación rara vez ofrece resultados inmediatos. Los hábitos se construyen día a día, a través de pequeñas acciones repetidas con constancia. Podemos animar a nuestros hijos a participar en las tareas del hogar, explicarles con cariño cómo hacerlas y por qué son importantes, delegar responsabilidades adaptadas a su edad y valorar cada pequeño avance.
En este sentido, Garrido Gil (2007) señala que los niños, al igual que los adultos, experimentan una profunda satisfacción cuando realizan acciones que requieren esfuerzo y dominio de sí mismos. Por ello, resulta fundamental que los adultos valoremos y reforcemos estos pequeños logros mediante el cariño, el reconocimiento y el elogio sincero. De este modo, los niños aprenden a relacionar el esfuerzo con el bienestar personal, fortaleciendo progresivamente su autoestima y la confianza en sus propias capacidades.
Porque cada vez que un niño vence la pereza, recoge lo que ha utilizado o cumple una responsabilidad, no solo está aprendiendo a ser ordenado; está desarrollando su autonomía, su fortaleza interior y la convicción de que es capaz de afrontar nuevos retos.
Ojalá este verano esté lleno de juegos, risas, tiempo compartido y momentos de calma. Aprovechad estos meses para disfrutar de vuestros hijos, para conectar con ellos y para seguir educando desde el cariño y la coherencia.
Porque las rutinas, los hábitos y el orden no están reñidos con la diversión. Al contrario: ofrecen la estructura necesaria para que los niños crezcan seguros y puedan disfrutar plenamente de su libertad.
¡Feliz verano!
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Si queréis seguir aprendiendo sobre hábitos, rutinas y autonomía infantil, os recomiendo:
Libro "¡A jugar!", de Eduard Estivill y Yolanda Sáenz de Tejada, una propuesta práctica para trabajar hábitos a través del juego.
Libro "Educar en el orden", de Pablo Garrido Gil, una lectura muy interesante para comprender el valor educativo del orden y cómo fomentarlo en la vida familiar.
La publicación “Encargos según su edad”, que ofrece ideas sencillas de responsabilidades adaptadas a cada etapa evolutiva.