En la adolescencia, muchas autolesiones no buscan la muerte, sino aliviar un malestar emocional intenso. Suelen aparecer en chicos y chicas con problemas de autoestima, conflictos familiares, presión escolar, acoso o dificultades como ansiedad o depresión, aunque externamente “parezcan bien”.
No son un medio de manipulación, sino una forma desesperada de gestionar emociones como tristeza, rabia o vacío y de pedir ayuda cuando no se encuentran palabras. Verlas como chantaje lleva a minimizar el problema y responder con enfado o castigos, aumentando el riesgo. Si se entienden como una llamada de auxilio, las familias pueden acercarse con calma, mostrar preocupación auténtica, buscar ayuda profesional y acompañar al adolescente hacia formas más seguras y saludables de expresar lo que siente.
En el lenguaje coloquial se confunde “llamar la atención” con “manipular”, y se olvida que, cuando alguien sufre, llamar la atención es precisamente pedir auxilio.
Los mitos más frecuentes incluyen frases como “lo hace para manipular” o “solo quiere llamar la atención”, que aumentan la culpa y el aislamiento del adolescente.
Ver la autolesión como una llamada de auxilio permite a la familia responder con más calma, empatía y búsqueda de ayuda profesional, en lugar de entrar en luchas de poder.
Etiquetarla como manipulación suele llevar a minimizar el problema, castigar o retirarse emocionalmente, lo que aumenta el riesgo y el sufrimiento del menor.
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