Número 92
María Pérez
Hace un tiempo hablamos sobre la comunicación afectiva y efectiva, aquella que nos enseña a escuchar de verdad, con el corazón, y a aprovechar cada conversación para conectar. Desde esa mirada, hoy quiero reflexionar sobre uno de los grandes retos de la infancia actual: la atención.
Los niños necesitan tiempo y calma para concentrarse de verdad. Es en esos momentos tranquilos cuando aprenden, cuando el juego se vuelve profundo y cuando desarrollan su mundo interior. No es que no puedan enfocarse, sino que cada vez les resulta más difícil sostener la atención en medio de tanto estímulo y prisas.
Vivimos rodeados de pantallas, ruido, interrupciones y constantes mensajes que fragmentan nuestra atención. Pero, como explica Marta Romo en su libro “Hiperdesconexión”, el problema no está solo fuera: nuestros cerebros se están acostumbrando a estar siempre distraídos. Y los niños aprenden de eso, imitando lo que ven en nosotros, su principal modelo de comportamiento.
Johann Hari, en Stolen Focus, añade que vivimos en un entorno que compite constantemente por nuestra atención. Notificaciones, pantallas y prisas no solo dificultan que nos concentremos, sino que, poco a poco, nos enseñan a necesitar estímulo constante. Por eso, más que exigir a los niños que se concentren, lo que realmente necesitan es un entorno que les permita concentrarse: momentos sin interrupciones, espacios tranquilos y tiempo para aburrirse, imaginar y crear.
Para acompañar a los niños en este aprendizaje, podemos aplicar algunas claves muy prácticas:
● Reducir estímulos simultáneos: menos pantallas, menos ruido de fondo y más momentos de tranquilidad.
● Fomentar la atención plena: leer juntos, dibujar, construir o jugar sin interrupciones.
● Permitir el aburrimiento: lejos de ser un problema, es el inicio de la creatividad y la imaginación.
● Respetar los ritmos lentos: cada niño necesita tiempo para profundizar y disfrutar de la actividad.
● Ser ejemplo de atención: mirarlos, escucharlos y estar presentes enseña más que cualquier indicación.
A las puertas de la Semana Santa, tenemos la oportunidad de detenernos y volver a lo esencial. Como recordaba Don Bosco, “la educación es cosa del corazón”, y difícilmente podemos educar desde un corazón disperso y acelerado.
Que estos días nos inviten a recuperar la calma, a compartir tiempo de calidad en familia, a conversar sin prisas y a estar verdaderamente presentes. Pero también a recogernos en el Señor, a mirar hacia dentro y a redescubrir aquello que de verdad importa.
Porque, en medio de un mundo que nos empuja a la distracción constante, quizá educar hoy consista, en gran parte, en volver a enseñar a mirar, a escuchar y a estar.
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